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La Religión como invento masculino reciente; en la prehistoria utilizamos justo todo lo contrario: los rituales mágicos.
Nuestros antepasados hicieron “sagrado” el mundo entero a su alrededor. Dentro del término “sagrado”, sin embargo, nosotros debemos distinguir entre dos áreas, a menudo confusas, la espiritual y la religiosa. El mundo religioso era mágico mientras que el religioso pretende atribuirse la racionalidad, o al menos convierte a la Razón en esclava de la Fe, la filosofía al servicio de la teología, philosophia ancilla theologiae, y persigue y fustiga la magia por salvaje, primitiva e irracional. El Espíritu era, y es considerado todavía, esencial, lo que inspira la vida en todos los seres vivos. Nuestros antepasados eran animistas e inculcaron la vida en todo su entorno, incluso en la tierra, en las piedras (sobre todo en la tierra y en las piedras), los ríos, las montañas, y otros elementos que hoy consideramos inanimados. El espíritu proviene del “muerto” y vaga alrededor por el aire hasta que encuentra otro ser donde encarnarse, otra vez vivo. En ningún otro lugar ni momento está el espíritu más presente que en la muerte. La proyección psicológica (“atribución” para los psicólogos) de nuestro remordimiento por las personas queridas muertas nos hizo considerar el espíritu como hostil, como el origen de todos los males, a temer su sed de venganza por las faltas que cometimos con ellos mientras estaban con vida. El mundo entero, por lo tanto, se impregnó del espíritu que era malo, por definición, hasta que con el tiempo aprendiéramos a domesticarlo, por medio de su divinización, convirtiéndolo en benefactor, protector y caritativo. Pero aun después de su divinización, aun entonces, seguimos desconfiando de él, protegiéndonos contra su influencia, de su venganza siempre posible. Todavía en tiempos recientes, en la Grecia clásica, tratábamos de “no excedernos en mostrar nuestra felicidad en público para evitar la ira (la envidia, la venganza) de los dioses (de los espíritus, originalmente)”. Todavía hoy hablamos lo mejor que podemos de los muertos, aunque fueran odiosos en vida, sin percatarnos de que inconscientemente estamos intentando protegernos de su posible venganza contra nosotros. Por último procede recordar que en principio fue la diosa (el espíritu), quien dio la vida a la Naturaleza, que era por tanto femenino y que moraba bajo la tierra, en el aire o en el agua, así ellos lo creyeron, nuestros ancestros, por su poder fecundador. Todos los nombres de dioses eran, pues, de diosas, antes. En nuestra etapa espiritual inicial, animista, inventamos un instrumento eficiente para defendernos de avatares climáticos y de la naturaleza en general: la Magia. Con ella aumentó nuestro amor propio y autoestima de tal manera que hizo posible nuestra evolución así como el desarrollo intelectual del que gozamos hoy. Lucifer, o Prometeo, ayudados por el fuego, gritando non serviam! desafiando en posición arrogante a los Cielos y a la Tierra, eran fruto y efecto de un cambio de una actitud pasiva a otra beligerante, activa, en relación con la Naturaleza, a la que decidimos dominar (y lo seguimos haciendo con la Ciencia que en este sentido es hija de la Magia) por medio de la Magia. Este instrumento resultó tan magnífico en aquellos tiempos como estúpido es hoy, y pernicioso (supersticioso), ya que se basaba erróneamente en puras asociaciones mentales, por su contigüidad en el espacio o en el tiempo, o por su similitud, mientras que en nuestra época racional se requiere explicar todo por la relación de causa/efecto. La magia no tuvo nada que ver con su adversario, la Religión, donde el humano se somete y es humillado bajo dogmas (todo dogma es represor, pero los dogmas religiosos se imponen deliberadamente como irracionales para poner a prueba la fidelidad más absurda de sus creyentes) hasta la abyección. En cuanto a la Religión (monoteísta por naturaleza, como pronto se verá), es reciente, no más de 3.500 años, y nació como culto (con la “ofrenda”, para la conservación del cadáver ya divinizado), en un ambiente específico (el templo, ya desviado de su origen de tumba), por una casta determinada (los sacerdotes). Las religiones siempre se han distinguido por su dogmatismo, intolerancia, misoginia y alianza con el poder y la riqueza, dondequiera que estén. La represión de los instintos puede ser un fenómeno cultural más que religioso, como veremos, aunque las religiones formen parte de la cultura, y hay que ver cómo colaboran. El viejo mundo espiritual y el religioso moderno, por lo tanto, no sólo son diferentes sino que son opuestos, incluso antitéticos. Esta afirmación es algo que estuvimos a punto de escribir como la primera frase de esta parte que trata de los temas religiosos, pero nos controlamos a tiempo, porque podría haber parecido gratuita sin las consideraciones que acabamos de exponer y en el sentido en el que la utilizamos. Lo que induce a confusión es el hecho de que ambos sistemas, el espiritual y el religioso, tratan con el mismo mundo, el mundo sagrado, y con todo lo que está relacionado con la muerte. Pero aun aquí, la contradicción entre el espíritu de nuestros ancestros y la religión actual es absoluta. Mientras que para las religiones la muerte pone el fin a la vida (hay entonces un salto a otra vida supra-terrenal), en el mundo espiritual de nuestros antepasados la vida empezaba en la muerte, nacía de la muerte, en un ciclo estacional que imitaba el de la naturaleza que se regenera después del invierno, donde el sol renace a diario después de haber muerto el día anterior, y donde la vida vegetal renace en primavera tras haber germinado las semillas y haberse podrido en el subsuelo, en la matriz de la madre tierra. Prueba de la oposición, la contradicción intrínseca, entre “el mundo espiritual antiguo” y “la religión moderna” (no hubo religiones “antiguas”), es que las religiones han perseguido con crueldad singular a las prácticas mágicas. Mediante las prácticas mágicas nuestros antepasados conminaban a la Naturaleza a comportarse según nuestros deseos, mientras que los creyentes religiosos se humillan y se arrodillan para que Otro les saque las “castañas del fuego”. Rogando a su dios el hombre religioso se enajena y trata de comprarlo mediante obsequios que le inclinen a favor suyo. Orar es propio de almas enfermas. Mientras el creyente reza, el mago amenaza y ordena. Los ritos paganos se realizaban de múltiples maneras según la localidad, mientras que la liturgia religiosa es única, uniforme, e intolerante, y anatematiza la heterodoxia. El “paganismo”, como epíteto despreciable de “salvaje” que utiliza el religioso ortodoxo, era polimórfico mientras la religión es, por su propia naturaleza, monoteísta. No es admisible, por lo tanto, confundir lo “espiritual” con lo “religioso” como sinónimos ni como términos análogos –como son utilizados comúnmente- porque si la religión es espiritual (en el sentido de que trata el mundo sagrado de la muerte), mucho más espiritual era la época en la que magia pagana primitiva consideraba la muerte como fuente de la vida. Hemos indicado que todas las religiones son, por su propia naturaleza, monoteístas, y debemos una explicación. El monoteísmo nació como un intento de exaltar nuestra capacidad de abstracción, superando las divinidades teriomórficas (de figura animal) e imponiendo como divino el valor de la Justicia y la Verdad (Maat). Su fuerza ha permitido a los judíos sobrevivir todas las persecuciones que han sufrido a lo largo de la historia. El término Ioaué, todo vocales, evita las consonantes y con ello la pronunciación del nombre del Dios nuevo, ya que en el jeroglífico egipcio sólo existían y se pronunciaban las consonantes. Más tarde, sin embargo, los sacerdotes levíticos, a pesar de las protestas de los profetas que condenaban los sacrificios y las ceremonias rituales, incluyeron las prácticas mágicas (recuérdese por ejemplo la prohibición judía todavía vigente de mezclar leche y carne en los alimentos para no perjudicar a la vaca viva por su contacto en nuestro estómago con la carne del animal sacrificado), perpetuaron los ritos (y en el caso católico, los iconos, también), e impusieron el terrorismo de conciencia por medio de castigos eternos para las transgresiones y pecados. Así fue cómo “el pecado” resultó ser eficiente como magnífico recurso financiero (diezmos y primicias, bulas...), al promover los legados cedidos por ricos y pobres a las iglesias con el fin de comprar su salvación en la casa celestial eterna. El dios monoteísta, por otro lado, era sólo concebido por negación de los otros dioses. El monoteísmo se auto-afirmaba mediante el rechazo del politeísmo. Su justificación histórica era proteger el imperio egipcio de Akenatón (y su esposa Nefertiti): un solo Dios para todos, para la metrópoli y para los territorios conquistados, forzaría el vínculo de todos los territorios con la metrópoli, un solo Estado necesitaba un solo Dios. (En todo caso Atón/Sol no fue una invención de Amenhotep IV, pues ya la faraona Hatshepsut había puesto su nombre en Karnack, y Tiyi y Nefertiti ya habían hecho también uso de él.) El monoteísmo surgió como un intento de abstracción que colocara a los dioses por encima de la magia, como puro concepto del Maat (la fe en la Verdad y la Justicia), y sería Moisés el que trataría de revivirlo alrededor de 1200 adne con un grupo judío que se exilió de Egipto a Canaán. El dios único, así como la circuncisión y el tabú del cerdo, o el afán por la escritura, todos tuvieron su origen en Egipto. El dios Iahvé local persistió pero con el contenido recuperado del Atón egipcio. Este dios pudo mantenerse latente gracias al esfuerzo de los profetas que insistieron en proclamar un orden de Verdad y de Justicia, prohibiendo los sacrificios y los ritos. Y este esfuerzo fue precisamente lo que permitió que el pueblo judío sobreviviera a las múltiples persecuciones sufridas bajo los asirios, egipcios, babilonios, persas, e incluso los nazis, en su historia hasta nuestros días. Este dios hizo posible que su pueblo se mantuviera fiel a sí mismo aunque ello les forzara a aislarse de los otros. Su fuerza se muestra en mentes tan excelsas como fueron sus profetas, o Freud, pasando por Cristo, Nietzsche o Marx. Los judíos nunca aceptaron su responsabilidad por la muerte del dios nuevo sacrificado. Su sentimiento como Pueblo Escogido les ha causado el desprecio y el rechazo generalizado por todos los demás, como israelíes por el territorio, tanto como israelitas por la religión hebrea. Sin embargo, si su amor propio y aislamiento les ha causado la desconfianza de los demás y el desafecto, en cambio también les ha permitido que no sucumbieran, como lo hicieron todas las antiguas culturas Mediterráneas. La prohibición de representar a su dios en una imagen (la ley mosaica prohibió incluso la figura del dios-sol Atón), con el esfuerzo intelectual consecuente de venerar a un Dios etéreo que no puede ser visto, como una protección contra las prácticas mágicas que de otro modo podrían perjudicarle, dio prioridad a lo intelectual sobre el mundo sensorial, agregando una nueva renuncia a los instintos. Cuando el patriarcado se impuso al viejo orden maternal, el concepto de padre, que fue efecto de un progreso cultural, significó otro triunfo de lo abstracto sobre lo sensual, ya que la paternidad se “supone” (y es de contenido legal más que biológico) mientras que la maternidad se muestra a los sentidos. Quizás es de allí que se originó la inclinación judía por el mundo intelectual, que dio lugar a mentes tan notables y que han contribuido tanto al progreso de la humanidad. El origen del monoteísmo fue, por lo tanto, egipcio y luego judaico, y el cristianismo lo hizo universal (después de dudar entre inclinarse por Cristo o por Mitra, el que dominara al toro), renegando de su secretismo y de la circuncisión (que evocaba el temor a la castración). Sin embargo, los católicos apostaron descaradamente por un politeísmo disfrazado (venerando la diosa), por los ritos viejos (ostentación) y por la magia (las imágenes, las oraciones, las velas, los ex-votos y cualquier otro instrumento que ayudara a ganar prosélitos), vampirizando las fiestas y tradiciones paganas, como la de Navidad (solsticio de invierno), el cuarteto totémico con animales de calendario (para los cuatro evangelistas), pasando por la eucaristía, la diosa Virgen y Madre o las noches de san Juan (el solsticio del verano). El monoteísmo implica la castración mental al imponerse mediante un “terrorismo de conciencia”. O mejor: un poder ejercitado por medio del terrorismo de conciencia. Surge del pánico inculcado al fiel amenazado con castigos eternos en la otra vida, después de la muerte. Ser salvado, ser perdonado, ser recompensado, ser condenado, implica una despreciable, enajenante, actitud pasiva que sólo resulta posible aprovechándose de la miseria del temor a la muerte. La estafa llega a la venta de parcelas en el cielo. Y nadie, que yo sepa, los ha denunciado todavía ante los tribunales ordinarios. El poder masculino supo aprovecharse del arma poderosa del “terrorismo de conciencia” utilizada por el monoteísmo religioso que no dudó desde el principio en aliarse con la riqueza y los poderes temporales. No fue en balde que los templos fueran los primeros bancos y multinacionales. Los ritos mágicos devinieron en cultos “religiosos” cuando se pusieron al servicio del Estado. O al menos coincidieron en el tiempo. Es sólo entonces, en ese contexto, que debemos utilizar el término de la religión si no queremos confundir al personal. El terrorismo de conciencia asegura la fidelidad al orden establecido, llegando a extremos patológicos tales como la aceptación de dogmas a cual más absurdo, bajo la amenaza de la condenación eterna, o al persistente sentimiento de culpa por ser pecadores (quien no crea que lo es, ése será el peor pecador, por soberbio, por incapaz de reconocerse como pecador, lo cual irremediablemente es). Este enfoque conlleva a una situación psicológica grave, enferma, por la falta de amor propio que se traduce en un sentimiento más profundo de la propia incapacidad. La religión denigra, pues, hasta extremos patológicos. Para ello define el dolor y el sufrimiento como fruto del pecado. La vida terrenal se describe como un valle de lágrimas. Lo que da lugar a penitentes de por vida, siempre contritos, preparados para el castigo, necesitados del consuelo religioso y de su absolución, sometidos, en suma. Una persona cuya conciencia ha sido debilitada, dominada por intereses desconocidos y bastardos.
La religión, incapaz de ofrecer cambios (que sólo surgen de las crisis y las dudas), por no inventar ni siquiera se ha inventado a sí misma. Sus ritos, sus fechas y fiestas sagradas, no son sino los de las tradiciones paganas que las religiones pretender perseguir y rechazar. A las religiones no les gusta que se les recuerden sus orígenes paganos. Sin darse cuenta de que prohibiendo el paganismo, las prácticas del politeísmo y la magia, reniegan de sí mismos (como lo hace el catolicismo) aunque desvergonzadamente colonizan, vampirizan y usurpan las tradiciones e imágenes antiguas así como sus santuarios, fechas y rituales paganos, en aras de una propaganda feroz que les asegure el máximo proselitismo, su expansión, su poder y el disfrute del beneficio consiguiente. Con una hipocresía que supera el sarcasmo, la religión “condena la opresión y la violencia como si le fueran extrañas, quizás porque consideran que los demás usurpan sus prerrogativas cuando son los otros los que las aplican”, es Freud que lo dice. El éxito de catolicismo sólo se puede explicar por su simbiosis entre el dios masculino nuevo y la diosa del viejo orden. Porque: - a pesar de proclamar el monoteísmo (abstracción que implicaría una iconoclastia), permite la múltiple demostración de la diosa dominada cuya variedad de imágenes lo traiciona como indudable religión politeísta (sólo en España hay más de 3.000 manifestaciones diferentes –las imágenes- de la virgen María, a las que hay que añadir otras innúmeras de santos), por mucho que en voz alta sus prebostes lo nieguen o sus dogmas y exegetas lo rechacen; - en flagrante contradicción, no hacen ascos en acomodar los viejos rituales a su sartén si ello aumenta sus recursos financieros. Así, la virgen María, aunque uránida en el cielo en vez de ctónica del subsuelo, se apoya sobre la luna y la serpiente ambiguamente, pues no sabemos bien si son sus viejos atributos o sus nuevas condenas, según su conveniencia. O aceptan sin náuseas la imagen saturnal, sarcástica, de un rey sagrado ridiculizado, coronado y con cetro en la mano, en un personaje tan respetable como Jesús, que dramatiza al extremo su muerte para salvar a la humanidad; - abominando de rituales paganos, comidas de sus fiestas, los ritos y las celebraciones, instituye desde los solsticios de invierno como fecha de nacimiento del nuevo rey solar hasta Hipólito (hijo de Teseo y Fedra), en agosto, como "santo"' muerto a los pies de sus caballos, pasando por la eucaristía totémica o las procesiones para implorar la lluvia, o las andas y el pallium para transportar sus próceres, para evitar su vulnerabilidad por la sombra o la huella del pie en el suelo, o por la Madre "Virgen" o el “masculino” triángulo de la Santísima Trinidad, que originalmente representaba el demiúrgico pubis de la hembra. Tómense como simples muestras las siguientes fechas: - la Candelaria, carnavales de fecundidad, en febrero; - el Pesach de la Resurrección, Adon(a)is y Atis, que dan la bienvenida a la primavera (aún fechadas por la luna llena);
- 30 de abril, san Jorge, la fiesta pagana
de Pailia; o el 24 de junio, san Juan Bautista, para el solsticio del verano,
con las hogueras
- 13 de agosto, san Hipólito (el mito
homosexual del que parecen haberse informado recientemente pues ha sido
expulsado de las - 15 de agosto, la Asunción de la Virgen, la diosa virgen Artemisa/Diana);
- 1 de noviembre, el día de los Muertos
(los católicos acercan esta fecha a la del día 2, de Todos los Santos, como si
no fueran - 24 de diciembre, el solsticio de invierno, alentando el sol (y el año nuevo) para que se regenere en su ciclo estacional. La “colonización” (realmente usurpación) de estas fiestas se apoya en el principio de que “el fin (bueno) justifica los medios (aunque sean malos)”, lo cual es la base de toda inmoralidad, aun cuando los fines fueran excelsos, que son todo lo contrario. Ad majorem Dei gloriam, amén. Y cuando usted debate con los católicos acerca de todo esto, permanecen impasibles, se santiguan (para alejar los espíritus malignos) y hasta se permiten rezar por la salvación de tu alma, convencidos como están de que todas las barbaridades que han cometido a lo largo de la historia siempre han quedado impunes, argumento que utilizan para concluir que su Dios está con ellos. Algunos monoteístas (concretamente los católicos) parecen sentirse un tanto defraudados (como les ocurrió a los héroes solares) a jugar por el fervor con que han buscado y encontrado a su “madre”, recuperando el culto de la antigua diosa con un deleite febril, aunque el motivo real de su recuperación fue no perder a los múltiples seguidores de la diosa. Los católicos practican cultos que ellos llaman religiosos pero que en realidad no son sino antiguas prácticas mágicas, llevando las imágenes hasta el río para hacer llover, rezar para que ocurran cosas.., que los sumerge de lleno en el "ritual" politeísta, pues aunque dicen venerar un concepto abstracto, que es propio del monoteísmo, bien que dan culto a iconos entre los que sobresalen la imagen femenina. “Religión politeísta” es una expresión incoherente, una contradicción en sus propios términos, dado que el poli-teísmo se basó en prácticas mágicas (lo contrario de lo religioso), mientras que la religión nació con el monoteísmo. No hay religión fuera del monoteísmo. “La religión monoteísta" es una redundancia, pues los dos términos encierran el mismo contenido y significado. Toda religión es monoteísta. El politeísmo nunca fue una religión. No es admisible, por tanto, que una gran mayoría insista en la necesidad del sentimiento religioso por el ser humano desde sus orígenes. No, tal necesidad y sentimiento nunca existió. Lo que la humanidad siempre practicó (y no tanto como “siempre”) fueron los rituales mágicos que vimos en los primeros capítulos de este trabajo. La religión es una superestructura mental impuesta por las metrópolis a sus territorios, conquistados o colonizados, para expulsar a sus dioses nativos que debían ser reemplazados por el dios de las metrópolis, a fin de que su población se sometiera e integrara en el nuevo Estado. Más tarde, el “único dios” nuevo sería utilizado por la clase patricia para obligar a la población rural o cívica a someterse al poder político dentro de una sociedad jerárquica. Y todo esto ocurrió recientemente, allá por el año 1.364 adne. con el dios-Sol egipcio de Akenatón (rematado en el 500 adne. con la República romana). Menos del 3,5% del tiempo que el HSS ha estado viviendo como tal, si es que fue hace unos 100.000 años que nacimos como especie que se ha desarrollado por medio de una evolución cultural más que biológica. Evitaríamos las ambigüedades y las equivocaciones peligrosas si llamáramos espiritualismo a los cultos paganos, los rituales y las prácticas mágicas, en relación con el monoteísmo posterior. Porque: - el espíritu lo era principalmente de nuestros antepasados mientras que el monoteísta Dios transciende más allá de nosotros; - en la religión uno reza para obtener favores (o la gracia divina) mientras que en el espiritualismo animista intimidábamos a los espíritus para hacernos obedecer por ellos; - en la religión se promete otra vida inmortal a los individuos mientras que en el espiritualismo nuestros ancestros pensaban en la supervivencia (cíclica) de nuestra especie en su conjunto como tal; - el paganismo espiritual y el ritual mágico eran propios de una comunidad maternal con muchos “diosas” (las manifestaciones de la Naturaleza), mientras que la religión nació como un instrumento patriarcal con un Dios extraordinario masculino. Los rasgos de las religiones (no hace falta agregar monoteístas, no hay otras) son: - el templo donde cultos propiciatorios son oficiados; - la casta masculina sacerdotal que se alimenta de ingresos por los pecados; - el terrorismo de conciencia, en alianza con los poderes seculares; - el hermético secreto de su organización sectaria (el secreto, los dogmas, la necesaria iniciación); - su grotesca misoginia; - la enfermiza represión sexual; - un padre Dios (después sería el Hijo), personal, trascendente y autoritario, que tiene el tremendo poder de condenarnos por toda la eternidad; - una obsesión por el libro (Biblia, Torá, Evangelios, Corán) como centro de la atención y explicación de todo su mundo religioso; - la negación de imágenes, en los casos más abstractos de los más puros monoteísmos, etc.., mientras que, por el contrario, en el politeísmo de las antiguas comunidades maternales: - no había templos sino santuarios, al aire libre, y cuando los palacios de los anactes derivaron en templos (que a su vez fueron una evolución de las tumbas, como vimos en un capítulo anterior), los sacrificios se mantuvieron en los espacios exteriores; - no habían sacerdotes masculinos como una casta (salvo en Eleusis, de cuyos misterios nació la religión), sino que eran sacerdotisas las que gobernaban sus comunidades; - en su espíritu orgiástico, festivo, imaginativo, no eran pusilánimes; - sus rituales eran mágicos; - veneraban a los espíritus, no a dioses, y, por no seguir indefinidamente, - las imágenes (iconos, fetiches) eran imperiosamente necesarias para la práctica de la magia mimética, o por el contacto o por la similitud. Los dioses ejercitaron su poder sin límites de campos o de tiempo. Por el contrario, los espíritus pertenecieron a antepasados o daimones que debían ser dominados por nosotros los humanos. Asombrosamente eficaz, por no decir sorprendentemente divertido, las prácticas mágicas y los rituales paganos prevalecen todavía en las religiones, mejor dicho dentro de sus rituales “religiosos”, sus liturgias. A pesar de ser racional (o eso pretendemos) la época que vivimos, la fuerza y la eficacia de la magia (por la capacidad de convicción y confianza en nosotros mismos que nos ofreció) fue tal que continúa todavía vigente como supersticiones en nuestro comportamiento diario, por profundo que se esconda bajo el velo de las tradiciones. Como muestra, “la magia por el contacto” explica la prohibición tradicional judía de no mezclar no en su estómago la leche con la carne, como ya hemos visto, porque la vaca viva podría ser dañada por el espíritu del animal muerto, cuya carne forma parte de la comida. O el vodú, o la poción con pelos del amado. Los asentamientos primitivos se protegían con un “cordón” de cabezas de sus antepasados sagrados, enterrados alrededor del territorio para defenderlo (como un arco voltaico) de intrusiones de extranjeros, y todavía el novio introduce en brazos en su hogar a la novia, para evitar que toque el piso con sus pies, en la frontera de su propio territorio, para evitarle ningún daño. O se arrojan granos de arroz a la pareja recién desposada para que, por magia de contacto otra vez, y por mimetismo, sea fértil. O se colocan flores y velas encendidas donde ocurrieron accidentes mortales, o en ataúdes o tumbas, aunque se desconozca que antiguamente esto era un ritual mimético de magia para que el espíritu del muerto (personificado en la semilla, en flores, en el fuego) sobreviva en el espíritu del grupo, etc., etc. Bajo el punto de vista de un agnóstico, el hombre creó a los dioses a su imagen y semejanza. Y no al revés. Para un laico, el concepto de Dios es fruto de un proceso que, en términos freudianos, empezó con la objetivación del espíritu de la persona muerta (por el remordimiento de los que lo sobreviven), su encarnación en el tótem del tribu, y la divinización del antepasado (su espíritu), haciéndolo benefactor y protector. Ya vimos en anteriores capítulos ese proceso. Por su parte, las religiones nuevas, el monoteísmo, anatematiza desde sus púlpitos a los que no son sumisos a su dogma y su moral. La casta sacerdotal acomodó a la clase dominante para que, por medio de terrorismo de conciencia y una estructura centralizada de policía, pudieran reprimir a la población, en consideración del interés general, o al menos eso dicen, y a la mayor gloria de su dios. A la mayor gloria de dios se han cometido los crímenes más horrendos en la historia de la humanidad. El concepto de dios cobró su mayor fuerza cuando se hizo religioso con el monoteísmo, con el que coherentemente se fundió/confundió. Negando –al tiempo que las usurpaba- las tradiciones y las viejas fechas de los rituales paganos, los han reforzado en vez de suprimirlos, por mucho que se fuercen sus sacerdotes en condenarlos, acumulando contradicciones sin sentido, dada la convicción fanática, irracional, de que sólo ellos son los poseedores de la única Verdad. El Papa actual del nuevo siglo XXI en su presentación dio la mejor muestra de esa arrogancia, hybris, al decir que él no impondrá sus juicios personales pero agregando inmediatamente que los juicios que él expresará serán los de su dios. Incluso si aceptaran que sus ritos provienen de tiempos arcanos, serían capaces de discutir (lo hacen), con desvergüenza total, que tales prácticas antiguas no eran sino copias de los nuevos (suyo es el original). Otros menos irracionales más argumentan que los ritos y las viejas tradiciones estaban allí esperando su santificación bajo el nuevo único Dios verdadero, siendo ahora cuando cobran su verdadero sentido. Este tipo de argumentos es el que se puede esperar de quienes exigen a sus seguidores fieles creer, bajo castigo de la pena eterna, que algo que cruzó ayer las nubes era un burro volando (o que la virgen-madre fue asumida a los cielos a una velocidad, imaginamos, más rápida que la de la luz, que para el caso es algo semejante). La cuestión es (consciente o inconscientemente) humillar a la clientela para verificar su grado de abyección irracional, que es la base en que su poder y su estructura religiosa se fundamenta. Por eso utilizan los dogmas, como pruebas e instrumentos para conseguir la miseria del creyente y su dominación. Basándose en la absurdez como base de la fe, cuanto más absurdo sea el dogma más fuerte será el anclaje del creyente en su religión. La abyección consecuente del creyente le desarma y deja sin dignidad, pero eso es exactamente de lo que se trata. La pretendida revelación divina, en la que descansa el dogma y la fe religiosa, es la mejor expresión de su falta de base. Los Tertulianos (credo quia absurdum) acentúan la irracionalidad al afirmar que el creyente debe tener fe para creer en lo que cree -y tanto- y rechazar cualquier otro tipo de argumento. Más irracional es todavía la cara de satisfacción con que concluyen la incoherencia de estas afirmaciones. Por esa misma razón estaríamos obligados a creer todo lo que es absurdo por el mero hecho de ser absurdo, puede haber algo más absurdo? Lo que la fe religiosa esconde es que sus creencias son una objetivación infantil de sus deseos, de ilusiones, wishfull thinking dicen los ingleses, seguro que lo consiguen, o de las ilusiones que alimentamos cuando esperamos que los deseos lleguen a ser realidad por el mero hecho de nosotros desearlo.
Los monoteístas se alimentaron tanto de las tradiciones paganas como de las doctrinas persas o mistéricas. Fue bajo la dominación persa, en el año 450, que Esdras y Nehemiah y los 100 sabios persas redactaron la colección de Pentateuco. El mazdeísmo de Zaratustra, con su principio maniqueo del bien y del mal (Ormuz y Arimán), fue introducido en Grecia por Pitágoras y Orfeo, que los añadieron a los cultos griegos. En ellos uno puede encontrar, o explícito o en germen, el secretismo, el Infierno, el maniqueísmo o la metempsicosis, administrado por la casta sacerdotal. Los números fascinaron a los pitagóricos. La doctrina de Pitágoras era más religiosa que científica. Un factor diferencial fundamental entre la ciencia y la religión es el secreto excesivo de los conocimientos, una muestra del cual podría ser el esconder la irracionalidad del número raíz cuadrada de 2. En los siglos I y II adne. hubo un trasiego de dioses -Cibeles y Atis de Frigia, Isis y Serapis de Alejandría, Baal de Siria, Mitra de Persia- proliferando la dualidad maniquea, el ascetismo moral, la mística numérica y el interés por la magia y el ocultismo. Fue en este humus pestilente donde creció la moda de la astrología. Zoroastro, Pitágoras, Orfeo, Mitra, aportaron las ideas de otra vida ultraterrena, con premios para los buenos y castigos para los malos, que posteriormente la cristiandad se atribuiría a sí misma con todo el descaro. En el campo de la astronomía, no fue sino hasta el siglo VI adne. que los griegos imitaran a los caldeos de Babilonia que aseguraban que el espíritu (el alma) de las personas muertas descansaba en las estrellas, algo que fue aceptado por mentes tan notables como el Socrático y el Peripatético. El cielo cristiano se atestó de nuevos “dioses” en el siglo XIII dne. Por el trabajo y la gracia de Beda el Venerable, y después J. Schiller, los doce signos del zodiaco llegarían a ser los doce apóstoles, Ophiocus el santo Benedicto, el Oso el barco de san Pedro, Pegaso el santo ángel Gabriel, etc., etc. Los serafines serían los responsables de impulsar la fuerza motriz de las esferas, movidas al mismo tiempo por los Querubines, los Tronos, las Dominaciones, las Virtudes, los Poderes, y los Arcángeles, los ángeles que llegaron a ser protectores de la luna. Las fantasías se hicieron dogmas que alimentaron llamas donde se quemó a los filósofos nuevos, a los buscadores de la sabiduría. La filosofía fue declarada esclava de la nueva teología. No en balde caldeo significaba charlatán. La mentira cretina de la inmortalidad individual va emparejada con el premio al dócil y el castigo a los rebeldes por atreverse a pensar. La mentira agregada de que muriendo en la guerra es la mejor y más rápida manera de alcanzar la gloria, los cielos y la vida eterna, ayudaría a inducir valor a los guerreros que de otro modo podrían resultar difíciles de motivar. Hoy el culto de la Virgen y Madre se ha impuesto en gran parte del mundo (principalmente en España, por no hablar de la Semana Santa de Sevilla), principalmente en sus viejos dominios mediterráneos. Si las fiestas Lemurias mantuvieron los ritos de la expulsión de los espíritus, las Lupercales de febrero, vigentes hasta el siglo V y todavía hoy como Carnavales, mantuvieron los ritos tradicionales de la fecundidad haciendo a las mujeres sangrar. Con pieles de cabra, los sátiros las azotaban desnudas dondequiera las encontraran y así aseguraban la fertilidad (de los campos). La nueva diosa Madre continúa siendo representada con la serpiente y la luna a sus pies, cuyo significado conocemos.
Fueron los magos, sus perseguidos enemigos, los que tuvieron que inventar a dios para librarse de los peligros arrostrados por su arriesgada profesión. La invención de dios, criatura humana que se antropomorfizó, fue la artimaña de los chamanes para poder culpar a otra persona de sus propios fracasos al no saber adivinar. Adivinar la lluvia, y con ello causarla, cuando era necesaria -la tribu exigía resultados- tal sería el primer trabajo del mago en la fase del homo agrícola. Por magia mimética Salmoneo golpeaba martillos en calderos que simulaban truenos, y lanzaba al aire antorchas aéreas que imitaban rayos, y rociaba agua con ramas desde su “coche solar” que arrastraba cacerolas ruidosamente, para forzar a llover. Pero ay! si esto no se cumplía, no era él, sino Zeus, el que fallaba. Así que se hacía llamar Zeus: para disociarse de él si fallaba, pero apuntándose el tanto si acertaba. Los fracasos en todo caso se pagaban, pero el se inventó el modo de culpar al que tenía la culpa del fallo. Si los dioses fallaban, se quemaban sus efigies. De ahí que podamos decir que inventamos a los primeros dioses como chivos expiatorios. Los magos (sacerdotes) en Egipto amenazaban a los dioses con su destrucción si no eran favorables a los hombres. Si había sequía, sus imágenes sagradas se llevaban en procesión (todavía se sigue haciendo), o se exponían al sol para informarles acerca de estado del tiempo. En los mitos, y por lo tanto en la realidad probablemente también, en más de una ocasión apedrearon el sol, o le dispararon flechas. La fe, si la tiene, del sacerdote monoteísta, tiene poco que ver con la fe de la gran masa: las personas siguen creyendo en la eficiencia de la magia. Fue aprovechándose de su ingenuidad que el sacerdote impuso a dios: los ritos que tuvieran el resultado asegurado –las salidas y puestas del sol, el regreso de las estaciones, etc.- garantizaban su "credibilidad". En cuanto a otros pronósticos más arriesgados -la lluvia, por ejemplo, su posterior cumplimiento, más o menos lejano, les dejaba tiempo para respirar. En todo caso, la impostura obligó a sustituir el conocimiento fingido por el verdadero, lo que hizo posible, por incoherente que pueda parecer, el nacimiento de la Ciencia, secular por naturaleza. La religión, como la conocemos hoy, no nos llega de los griegos sino a pesar de los griegos. En Grecia, no había dogmas religiosos ni casta sacerdotal. Las exequias eran realizadas por parientes o amigos del muerto, como Aquiles hizo con su amigo Patroclo, o Neoptolemus haría después con su padre Aquiles. Tras la humanización de los dioses por Homero en La Ilíada, los griegos les perdieron el respeto, como era lo apropiado en una sociedad racional. Aprovechando el saldo por liquidación, el noble rivalizaría con los antiguos reyes sagrados dedicando las tumbas de sus antepasados a héroes protectores, normalmente imaginarios, de su propio linaje. Sabemos de la tendencia del griego a pensar en divinidades en plural cuando eran femeninas (3, 9, 50). Sin embargo, ni siquiera en la etapa ya patriarcal, Grecia dejó de ser “politeísta”. Los dioses Olímpicos, ya antropomórficos, eran meros valores protectores que aglutinaban a los ciudadanos alrededor de su polis, más que dioses en su sentido actual. "Las tribus igualitarias no necesitan un Dios supremo, que no obstante resulta ser inevitable en las organizaciones sociales con un poder centralizado fuerte", es E. Schwimmer quien lo dice. "Ninguna ayuda se obtiene venerando a los dioses", dice abiertamente Ovidio en su “Metamorfosis”, VI, 370. Si con los sacrificios los dioses pueden perdonar nuestros pecados, pequemos, pues podremos luego ofrecerles sacrificios con los beneficios obtenidos con el crimen, el chiste es de Platón, en “República”, 365e), 366a) : “(If) gods till capable of being persuaded and swerved from their course by ‘sacrifice and soothing vows' and dedications… the thing to gave is to commit injustice and offer sacrifice [366a] from fruits of our wrongdoing”. "Complazca al dios, si lo hay, recompensarte", parece dudar (pero no, él no tiene dudas acerca de ello) Virgilio en Eneida I, 603: "Ah, las mentes ignorantes de los augures! Qué sentido tienen las ofrendas? Qué los santuarios? (Eneida IV, 65). “Espero que, si las divinidades tienen algún poder, encuentres tu castigo” (Eneida IV, 382). “Ni tememos a la muerte ni respetamos a los dioses" (Eneida X, 880). Para los griegos y romanos, su filosofía no se prostituyó poniéndose al servicio de la teología (como los católicos harían después), de otro modo su lógica habría adolecido de una base falaz. Creamos a los dioses a nuestra semejanza: como nosotros tenemos reyes, ellos lo tienen también (Aristóteles, Política, I,2,7), y así los dioses toman la forma del grupo que los invoca. Lo cual remacha Jenófones de Colofón en la cita que nos gusta repetir: “los dioses de los etíopes son negros y delgados, mientras que los tracios son pelirrojos y de ojos azules. Y si manos tuvieron los bueyes, los caballos y los leones, para pintar como hacemos los humanos, ellos pintarían a sus dioses los caballos con cuerpos de caballos y los bueyes con figuras de bueyes”. El dios griego no tiene sentido si no es para se ser imaginado, para ser reconocido, para ser representado. El dios griego no ordena mandamientos. El autocontrol, sophronein, es exactamente lo opuesto, una invención de los hombres para tratar de defenderse del dios. El concepto de dios le sirve a griegos para explicar muchas cosas, entre ellas la exaltación por vivir, el superar la mediocridad para bien o para mal, como efecto de haber sido poseído por el dios (recuerdan? en-Theu-siasmos). El politeísmo era una profilaxis para el griego que además de lúdico e imaginativo, utilizaba los dioses (los mitos) como instrumentos para explicar su origen, sus leyes, su historia, su moral. Carpe diem, hasta el mismo noble Aquiles preferiría vivir a morir con gloria: "mejor vivir como un simple guardián de bueyes, o un campesino pobre y con alimento escaso, que reinar en el mundo de los muertos, consumido", le dice a Odiseo en el Hades. La religión no encajaba en la cultura griega donde el Mito se topó con la Tragedia, y sobre ésta la Filosofía y sobre ésta la Ciencia. La religión fue reemplazada por la Metafísica en Grecia y por las Leyes en Roma. Nadie puede negar los efectos beneficiosos del cambio de cultura, desde la abolición de sacrificios al descubrimiento del ADN molecular. Sin embargo, la cultura nueva no debió haber renegado de los valores antiguos que nos habrían protegido de efectos tan penosos como la misoginia, el monoteísmo, o el poder sobre las conciencias que ha intentado poner tantas dificultades a la ciencia o a la libertad individual. No, no son innatas en nuestra naturaleza las religiones. Resumiendo, - el monoteísmo implica intolerancia, exclusividad, fanatismo (la religión es irracional por su propia naturaleza, una religión monoteísta moderada, no fanática, y una fe tolerante, son una contradicción en sus propios términos); - negando nuestra naturaleza animal, reniegan de sí mismos; - dogmáticos, han perseguido implacablemente la libertad individual y el progreso que deriva del conocimiento de la verdad.
El instinto social de la especie humana nos hace proclives a la necesidad de una autoridad fuerte a la cual admirar, a la cual someterse, por la cual ser dominado y, finalmente, incluso maltratado. Tal autoridad en tiempos patriarcales no podía ser otro que el Padre, terrible, de poder indisputable, de una impasibilidad olímpica, que sabe que sus fieles seguidores serán más sumisos cuanto peor sean tratados. El coro de “Electra” de Eurípides canta correctamente que “lo que asusta a los hombres es conveniente para el culto de los dioses”. La intolerancia, el fanatismo, la ceguera, propias del monoteísmo que oprime las conciencias con premios y castigos eternos, contrastan con los dioses míticos que en su metamorfosis y en su diversidad aparecen como lo que son, puros conceptos creados por los humanos para tratar de contestar a las grandes preguntas que en cada momento histórico tuvimos que hacer frente. En ese sentido, y en muchos otros más, los mitos eran fértiles tanto como el monoteísmo es castrante, por “buena” que fuera la intención de Akenatón o de Moisés. La ambivalencia emocional primitiva en relación con nuestro padre original revivió con el concepto del dios monoteísta, omnipotente y terrible pero también protector, como el padre lo es para el niño o para el hombre primitivo. No obstante, la necesidad psicológica de un padre y protector omnipotente ni explica ni justifica que tal Padre tenga que ser Unico. Quizá la exclusividad universal se debió al hecho de elevarlo a la máxima categoría de lo más excelso, otra vez un concepto abstracto, satisfaciendo con ello nuestras ilusiones y deseos. Pero no debemos olvidar que estamos frente a un instrumento patriarcal con el que se remata la imposición de un orden nuevo, donde los valores prioritarios fueron siempre la acumulación de riqueza y el ejercicio abusivo del poder. En todo caso, Freud denunció los motivos infantiles que subyacen en los sentimientos religiosos. La religión es una ilusión, un intento masivo del cumplimiento de nuestros deseos (ilusiones). La indefensión infantil requiere la protección del Padre dogmático y omnipotente con la correspondiente relación afectiva ambivalente de amor/odio, origen del sentimiento de culpa. El dogma atrofia la inteligencia y mantiene la humanidad en un estado infantil. Si el judaísmo fue la religión del Padre, la cristiandad (admitiendo a los gentiles no circuncisos) adoptó la religión del Hijo, quien ocupó su lugar. Sin embargo, su universalización católica implicó un monoteísmo mitigado, una relajación en la prohibición de dar el nombre y figura al dios nuevo, una recuperación de diosas madres paganas tradicionales, iconos, elementos míticos y mágicos, y una aceptación de múltiples divinidades (locales, politeísmo) con evidente transparencia de los viejos rituales que eran los cultos a los antepasados. En todo caso, la cristiandad, poniendo al Hijo en el lugar del Padre que quedó relegado, obedeció su destino mítico de expulsar al propio padre. Algo que los judíos no estaban dispuestos a aceptar. El sacrificio del Hijo en vez del Padre recuerda los mitos anteriores que tratan del tema. Así, Abraham persistió en el ritual hasta que el Dios patriarcal le enseñó a sustituir a su hijo por el animal totémico entonces vigente, en este caso un carnero. El rey griego Atamante de Orcómeno, en Tesalia, atacado por una sequía persistente, simuló su propia muerte, pero no pareció suficiente, y así era “instigado por (su mala esposa) Ino” a sacrificar a su hijo Frixo (que fue el que huyó a la Cólquide con la piel dorada, de nuevo, del carnero. Frixo huyó, pero fue “condenado” por el oráculo a sacrificar al primogénito de cada una de sus siguientes generaciones, lo que imaginamos que reforzó la exogamia. Leucipa de Orcómenos (Beocia), junto con sus dos hermanas, sacrificó y despedazó a su hijo Hippaso al cual cocinó y sirvió en un banquete (ágape sacrificial). En los tres ejemplos anteriores, la víctima fue reemplazada por un carnero, lo que los sitúa en un tiempo en el que “Aries” se había extendido como animal totémico (algo tendría que ver con el papel de Aries a efectos de equinoccios o solsticios en el calendario). El paredro se revela como hijo: en ritos agrícolas, Osiris, Atis, Adonis, Tammuz, era dioses “niños” destinados a copular con la diosa (hierogamy), exaltando el incesto en la catarsis colectiva. Consumado en el hijo el sacrificio del padre, el hijo redime a sus hermanos (los miembros de la tribu) de la culpa original (el término es órfico), que para Freud deriva del amor/odio al padre primitivo. Muere castrado para hacer fértil la tierra. Con su sacrificio, el “asesinato” del padre fue expiado, venerándose ahora al Hijo como dios en lugar de al Padre. El nacimiento del héroe sigue el modelo de Paris, Edipo, Eolo, Jasón…, presentando su epifanía a algún(os) pastor(es) como el recién nacido Año nuevo. El eleusis -la llegada- del niño Edipo, precedido por “la luz de las antorchas" (Lábdaco, su padre) y presentado a los pastores al comenzar el Año nuevo, formaba parte del rito de los Misterios de Eleusis y en el Istmo de Corinto. Otras presentaciones del recién nacido a los pastores que lo salvan del agua, se dan en los mitos de Hipotoo, Pelias, Anfión, Egisto, Moisés, Rómulo, Ciro…, ya lo sabemos. Pastores también eran los que encontraron a Télefo recién nacido, expuesto en el monte por su madre Auge, y a Partenopeo, expuesto por su madre Atalanta. Todos estos datos recuerdan a otro de prestigio reconocido y respetable, nos referimos a Cristo. Jesús-Cristo nacía en Belén el día del solsticio de invierno, de madre virgen fecundada por el (sagrado, santo) espíritu, y fue visitado por algunos reyes magos que fueron guiados por una estrella. Traicionado por Judas, fue sacrificado, después de haber sido coronado como rey (INRI, Iesus Natharenus Rex Iudeorum), para redimir la culpa de la humanidad, clavado en una cruz, y resucitó al tercer día, en el Pesach florido. Hijo del Padre, era (y es) representado en figura de cordero, siendo recordado en la Eucaristía por el ritual de pan y vino en el sacrificio de la misa. Veamos: Cristo nacía en Belén (la Casa del Pan), el lugar ciertamente de culto del dios Adonis agrícola sirio, justo en el día del solsticio de invierno, fecha en que cada año el sol se regenera, y recién nacido, los pastores lo anuncian públicamente (como les sucedió a todos los citados anteriormente), y algunos reyes magos lo saludaron también. Este último elemento es leyenda, no se incluye en los Evangelios, que no disminuye, sino que aumenta, su credibilidad como mito, aunque no vendrían de Oriente sino de Egipto, si la estrella que siguieron era Sotis-Sirius, la que anunciaba el Año nuevo (aunque en Egipto esto ocurría en Julio) con la inundación del Nilo. La traición de Judas fue por treinta monedas, como treinta fueron los dracmas que Laomedonte debió dar a Apolo por la construcción de las murallas de Troya. Coronado como un rey (sagrado), insistiendo en resaltar su carácter real (I.N.R.I./Adonais verdadero), fue sacrificado clavado en dos ramas de árboles en forma de cruz (Osiris era el espíritu arbóreo). Cuándo murió, tuvo que hacerlo sin ningún hueso roto (Juan 19,36, con expresa referencia a profecías tan viejas como el Salmo de David 34,21 y el Exodo 12,46), como toda víctima sacrificial, lo que parece compatible con el clavado de los pies (como Edipo y tantos otros héroes-dioses solares con protagonismo en los pies, lo que les confería naturaleza real). Resucitó (renació) para dar una vida nueva a los humanos, volviendo tabuado del Hades (nolli me tangere, “no os atreváis a tocarme”, avisa a María y a María Magdalena). El Hijo del Padre (Dios) es recordado por medio del ritual eucarístico de pan y vino (de Osiris en Egipto y Diónisos en Eleusis) en el sacrificio de la misa, representado en la figura totémica de cordero, en el Pesach florido (la estación de la primavera), fiesta agrícola de muerte y resurrección (Adonis y Atis). El dios azteca Vizli-Puzli se representó también, y era comido, en masa de pan, como Osiris. Tantos atributos, juntos todos en una misma persona, evidencian un diseño artificial del rey sagrado, de acuerdo con los mitos. Independientemente de la historicidad del personaje, tal como nos ha llegado relatado, resulta evidente la intención de adornarlo con las prerrogativas y atributos del rey sagrado mítico. Su figura de cordero (carnero) le da una prominencia trágica como hijo del padre, permitiendo la subsistencia de ambos, él y su padre. Si el mito lo representa como el “cordero de Dios”, nosotros no tenemos nada que objetar. Todos los rasgos insisten y refuerzan su carácter mítico. Un héroe mítico (o dios) que se precie debe acomodar su leyenda al arquetipo del mito, con los rasgos fantásticos que lo exaltan, no importa que sean reiterados, para ser proclamado divino, rey. Así, fue extraído del agua (en su bautismo, extraído del líquido amniótico, o agua de bautismo como rito para la adopción por una tribu que así le hace suyo), aunque en otros casos era salvado del agua metido en una cesta (matriz de la madre), sufrió persecución en su infancia (como Herodes en el caso de Cristo), y termina expulsando a su padre, siendo por fin reconocido y alabado, con lo que se justifica su entrada en la leyenda. Así se contó de Sargón de Agade, el fundador de Babilonia en el 2.800, o de Moisés, Ciro, Rómulo, etc., o de Cristo, quien puede así ser proclamado rey-dios que ha completado el plan de una vida heroica, adaptando al personaje “una historia legendaria de un texto encerrado en sí mismo”, en palabras de E. Meyer. En el primer Concilio de Nicea, convocado por Constantino, se trató de la naturaleza divina de Cristo y del culto a la virgen María, el paradigma femenino que debía ser evitado. Si alguien quisiera describir un personaje artificial como rey sagrado, siguiendo las pautas de los rituales y las reglas de los mitos, ese personaje existe: es Cristo. La acumulación de los rasgos que se le atribuyen como rey sagrado hace de él un personaje irreal, por más real que pudiera ser, poniendo en evidencia la intención de aplicarle los mitos, el arquetipo de los mitos. Debemos recordar esto cuando leamos los textos que lo sitúan en un tiempo histórico concreto.
El sentimiento religioso deriva de una sensación de indefensión infantil y de anhelo del padre, que si bien es despótico, ofrece seguridad que él ofrece, lo que da el paralelismo entre religión e infantilismo. Medios para protegernos contra el dolor son la droga o el delirio colectivo (propio de la religión) en el cual la realidad se transforma, aunque los participantes nunca admitirán que es un delirio lo que comparten. “Es dolorosa la idea de que la gran mayoría de los mortales nunca será capaz de vencer tal concepción de la vida", teme Freud. El hombre primitivo culpó de sus injusticias a la naturaleza (o a los espíritus del antepasado), los griegos a los dioses, pero nosotros nos culpamos a nosotros mismos, como efecto de la represión cultural impuesta por el monoteísmo. Con la cultura surge la neurosis, como satisfacción sucedánea de los instintos sexuales reprimidos. El remedio contra los sufrimientos y dolores, en el caso de las religiones, consiste en difamar esta vida e intimidar la inteligencia para anclarnos en un infantilismo psíquico. Invocando en último caso “los planes inescrutables” de su dios, asumen que contra los sufrimientos sólo queda la sumisión incondicional (a la voluntad de dios) como último consuelo. Lo que no implica que todas las técnicas mentales contra dolores, como puede ser el budismo, por ese solo motivo puedan ser calificadas como religiones. Budismo y Jainismo son filosofías místicas (son ateas y manuales de conducta más que religiones) cuyo objetivo, como el de los maniqueos, es liberar el cuerpo del dolor y del mundo de sentidos. Judaísmo, zoroastrismo y el Islam, en vez de eso, son proféticos e intentan influir en el resto del mundo. La cultura sirvió para protegernos de los animales, de las fuerzas naturales y de nuestros enemigos, así como para gobernar las relaciones interpersonales con y dentro de nuestro grupo. Mediante la tecnología inventamos cosas (como instrumentos y moradas, el control del fuego, la siembra y el animal domesticados, la ciudad, el sonido articulado, el dinero, la rueda, el arte, la ley, la escritura, la división del trabajo, las telecomunicaciones, los aviones…) y las abstracciones, como son por ejemplo los dioses. Nuestra creación de dioses omnipotentes nos ha hecho omnipotentes. Sin embargo, todo eso lo hemos conseguido a costa del individuo, inhibiendo nuestros instintos. La libertad individual no es una meta de la cultura, todo lo contrario, tenemos que ganarla cada día contra la cultura, la cual cuida del colectivo, como lo hace la Naturaleza. La cultura se ha desarrollado en paralelo con la represión sexual: ya la primera cultura, totémica, impuso la exogamia y el tabú consecuente del incesto. Las culturas avanzadas prohíben el placer y someten la líbido al sistema: en la función de la reproducción, heterosexual y monógama. El mandamiento “ama a tu prójimo" revela claramente que por naturaleza no estamos dispuestos a ello, de otro modo no se tendría que ordenar. La cohesión social se logra dirigiendo el instinto de agresión contra nuestros enemigos exteriores que, si no existen, los inventamos, o contra nosotros mismos, bien como neurosis bien como agresiones intra-específicas. La agresión contra nuestro Ego (el Super Ego como conciencia moral) produce la tensión, el estrés, que llamamos sentimiento de culpa, la cual se expresa pagando al sistema bajo la forma de necesidad de castigo. La conciencia moral es el efecto de la renuncia a los instintos y requiere cada vez una mayor renuncia. Pues la represión moral requiere un esfuerzo continuado, ya que su interrupción la llevaría al fracaso, porque el instinto reprimido lucha desesperadamente por salir a la consciencia. Por eso, la esencia de la represión del instinto está en impedir que seamos conscientes de ella. La represión moral (sobre todo la sexual) es la causa de las neurosis y ésta lo es de la cultura, tal como la conocemos. Uno de los efectos de la exacerbación de la individualidad por encima de los valores colectivos es la soledad y la neurosis subsiguiente. El individualismo es vulnerable por el temor a la soledad, la muerte y el anatema. Atendiendo al poder, la religión funciona como anestesia. Tenemos nuestras dudas acerca de la excelencia del orden racional apolíneo sobre el tribal. Nos referimos a - las neurosis, temores, angustias y ansiedades de los individuos aislados del antiguo y tribal refugio colectivo; - la violencia intra-específica, que hace posibles las guerras; - el terrorismo de conciencia que ejercen las religiones; - la inhibición del desarrollo de los instintos que podrían equilibrar los avances en la tecnología: es demasiado fácil matar apretando simplemente un botón, impidiendo que nos inhiba la postura sumisa de la víctima; - la necesidad urgente de incorporar a las mujeres en todos los niveles de decisión, aunque afortunadamente en este tema, como en la ecología, nos empezamos a sensibilizar. Las religiones son tristes y aburridas. El placer es revolucionario, por eso el poder siempre lo ha perseguido e intentado reprimir. Las mujeres son orgiásticas por naturaleza, fue el poder el que las reprimió. Todos buscamos el placer pero los poderosos no pueden soportar el placer gozado por los demás, sobre todo si los otros son menos poderosos: dificulta a los más “fuertes” dominar a los más “débiles”. El camino para nuestra liberación del vergonzante estigma del sentimiento religioso pasa por la previa emancipación de la mujer, la recuperación de nuestros cuerpos y la liberación sexual, que está en ciernes todavía. El sentimiento religioso se sitúa en el cuarto instinto: supervivencia, nutrición, sexual y “social”. La religión, fruto del miedo inducido, es un refugio contra el propio temor y opera en los humanos como el instinto lo hace en el animal. La religión es una cadena que ata al individuo y su libertad con la cultura moral, es sentida por los individuos, no por el grupo, pero se generaliza al hacerse obligatoria (la moral) como instrumento de cohesión del grupo, lo que la hace social. Una vez instituida, toma propia vida. Es en ese sentido que dios es un concepto colectivo. No tenemos claro a dónde habrían llegado los científicos griegos, ya que se perdieron los libros y documentos archivados en la Biblioteca de Alejandría, tras el execrable incendio del siglo V de nuestra edad cristiana por alguien de mérito reconocido (aunque de nefasta memoria) que llevó a cabo tan gloriosa proeza. Tanto que mereció ser canonizado. Bajo la prelacía del obispo Cirilo (declarado santo por la misma Santa Madre Iglesia que quemó a Bruno y amenazó a Galileo por atreverse a decir que era la Tierra la que giraba alrededor del sol y no al revés) unos fanáticos cristianos despellejaron viva a su directora Hipatía, desollándole la piel con conchas marinas. Los libros que encerraban un conocimiento secular fueron quemados en aras y nombre de no se sabe qué o de quién. Era el año 415. Y en el 529 Justiniano cerró la Academia de Atenas. Necesitamos luego de siglos para reconstruir la información que ellos ya tuvieron. La mala voluntad que la Iglesia Católica siempre ha mostrado contra la búsqueda de la verdad, puede haber sido un estímulo revulsivo para que explotara la Ciencia con una fuerza febril, lo que puede explicarse como válvula de escape de la presión impuesta por los sacerdotes monoteístas sobre las mentes más inquietas. Sin embargo, el vertiginoso desarrollo de la tecnología, como parte de la Ciencia, sin una evolución paralela de nuestros instintos (principalmente aquellos que inhiben las agresiones), reprimidos por la moral religiosa, ha resultado en un desequilibrio y tensión en los individuos y sus relaciones interpersonales tanto que nos han dejado listos para el sofá del psiquiatra. El ave Fénix revivió de sus cenizas (... y entonces murió en la soledad, soy yo quien lo agrega). Pocos mitos hay tan pretenciosos como el del Ave Fénix, capaz de renacer de sus propias cenizas. Porque no es del eterno retorno (ciclos estacionales) de lo que se trata sino de la arrogante pretensión de la resurrección personal del individuo. El Pájaro Fénix me huele a mí que, por no tener, ni escamas tiene. Resulta increíble la presunción del individuo de sobrevivirse a sí mismo. Sin embargo, parecemos necesitarlo desde que abandonamos la tribu. A la Ciencia como fruto patológico provocado por la represión religiosa (como válvula del escape) y al Estado como instrumento de cohesión social a falta de lazos y relaciones tribales, debemos agregar un nuevo dios llamado Dólar, que el griego desdeñó en el mito de rey Midas. Los nuevos templos nuevos, llamados Bancos, sobresalen sobre todos los demás edificios como antes lo hicieron las iglesias, proclamando su poder, presentando todos los síntomas de una nueva religión. Utilizan un argot enigmático sólo inteligible para el iniciado (economistas), anatematizan a los que se salen del sistema (morosos e impagados), los recursos financieros se conceden solamente a los que tienen capacidad de crédito (crédito viene de credo), la mentalidad hipócrita de sus banqueros emula la de los sacerdotes, e imponen un Unico dios verdadero (el Dólar) por el cual la gente vive, mata y muere (el Dinero), que se establece como parámetro axiológico del valor del individuo (tanto tiene – o debe-, tanto vale), etc. No sería torpe el gag en el que pudiera verse a un catecúmeno (clientes de Banco) retirando dinero de la ventanilla, postrado de rodillas y recibiendo las monedas en la lengua, al tiempo que cierra sus ojos con la devoción debida y murmura una oración con plácido fervor y gratitud. Finalmente, se intenta justificar el celibato eclesiástico sobre la base de que las obligaciones familiares impedirían que los sacerdotes se pudieran dedicar en exclusiva a dios y a las tareas propias de su ministerio. Cuando lo que se esconde realmente es su conocida misoginia. Por otro lado, el celibato eclesiástico asegura que el patrimonio se conserve para la institución sagrada, al carecer el clérigo individual de herederos legítimos. Efecto de la misoginia, y del abuso consecuente del sexo femenino, es el dato de que 25 siglos después de Pericles, subsisten más de 100 millones de mujeres con abducción de su clítoris, sufriendo esta mutilación más de 2 millones de muchachas todos los años en Africa, Asia y Brasil, lo que da un promedio de más de 6.000 jóvenes mutiladas cada día. Resulta, pues, como mínimo absurdo que las mujeres aspiren a posiciones de sacerdotisas que corresponden a un mundo religioso que ellas deberían ser las primeras en ayudar a superar.
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